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La partitura para Dunkirk de Hans Zimmer (Christopher Nolan 2017) vuelve a ser un buen exponente de un fructífero y exitoso tándem de músico y director.  Sin embargo, en esta ocasión, además de encontrarnos un extraordinario trabajo de compenetración, a diferencia de otras producciones de Nolan, el relato no se mueve, como otros críticos ya han señalado, en el mundo de la ficción pura.

No entraré en detallar los hechos reales, en los que un parón de las tropas alemanas en la invasión de Francia permitieron un plan urgente de salvación de la expedición inglesa.  Sobre este hecho, Nolan monta una historia de tintes heroicos desde el punto de vista aliado, y recurre una ficción mayor que la el cine ya es de por sí.  De este modo ensambla un relato de una semana, con otro de un día, y una tercera historia sucedida en un minuto durante la batalla de Dunquerque.

Para ello recurre a frecuentes flashbacks y cambios de escenario que provocan una sensación de desconcierto sobre el espectador.  Esta sensación junto a la manipulación de tiempos en el tiempo, mediante un montaje brillante, y una fotografía lúgubre junto a una ambientación visual orientada a recrear un escenario apocalíptico, provocan un estado de continua alteración sobre la recepción.

En lo que respecta a la música, sin embargo, encontramos que no existe, como en otras producciones, una serie de temas identificativos, o hilos conductores reconocibles con variaciones.  En este caso la música es casi parte de un ruido de fondo constante que provoca ansiedad.  Para ello Zimmer recurre a sonidos indeterminados, ruidos afinados y percusivos, como diferentes elementos de una chatarra, elaborados con sintetizadores, colchones ultra graves, notas largas sin respiración, ritmos que se aceleran hasta los límites de lo que está fuera de control, y sonidos orquestales caóticos entrelazados aportando peso y relieve a la textura.

 

«Impulse» de Hans Zimmer – Banda sonora de la película Dunkirk

 

De nuevo vemos cómo este músico, sin formación académica tradicional, no tiene inconveniente en trabajar con las herramientas que están a su alcance, sin importarle la crítica de los academicistas, y guiado más por conseguir un resultado final superior.

La música de Dunkirk es un continuo sin pausa que puede llegar agotar, y que por ello mismo no pasa desapercibida.  En este reptar del rodillo musical, Nolan y Zimmer recurren al encabalgamiento de los bloques musicales, de modo que nunca coinciden los cambios de historia con los cambios musicales.  Esta desincronización, y el carácter atmosférico de los temas musicales, no nos permiite hablar de leit motivs, o temas identificativos. Solo la “variación 15” de las Variaciones Enigma de Elgar suponen un alivio anímico sobre el resto de música, aspecto éste que se la ha criticado por ser demasiado evidente y previsible.  Esto resulta normal, porque como ya he comentado, la música no para de sonar, y cualquier cambio notable como éste se aprecia con claridad.

La mayor incomprensión hacia la composición musical, y la en obra en general, tiene su base en que hay parte de la audiencia que no percibe que la música en esta película es un personaje más, lo que aporta otra novedad a la colaboración entre Nolan y Zimmer.

La banda sonora es ese personaje torturado, nervioso, tratando de sobrevivir, deprimido, angustiado, agitado, que es hilo conductor y elemento que compacta todo el relato.

 

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